Category: Curiosidades

¿Dónde está la Atlántida?

¿Dónde está la Atlántida?

En lo relativo al lugar donde se podría localizar la Atlántida, o cuál sería la isla en la que se inspiró Platón para la descripción geográfica y orográfica de dicha civilización, el debate ya es otro cantar. En torno a esta cuestión, las hipótesis se multiplican. De hecho, a lo largo de la historia prácticamente cualquier isla de un tamaño decoroso –recordemos que Platón la describe como del tamaño de Asia y Libia, y que, aunque le concedamos el beneficio de la exageración, habrá que suponer que debería tener un tamaño “mínimo”– ha sido propuesta, con mayor o menor fortuna, como una posible ubicación.

Dado que Platón la localiza frente a los pilares de Heracles –que, según la tesis más aceptada, se corresponden con las dos márgenes del estrecho de Gibraltar–, se llevan la palma las islas mediterráneas y las situadas en la región del océano Atlántico próxima a dicho estrecho. A favor de las primeras juega el factor “proximidad”, puesto que Platón vivía en Grecia y le era más fácil conocer las ínsulas más cercanas. Y a favor de las segundas, que el sabio se refiere a una isla situada en el Atlántico.

Irónicamente, la hipótesis que ha adquirido más fuerza en los últimos años localiza la Atlántida en la Marisma de Hinojos, en el Parque Natural de Doñana. Esta teoría es muy antigua, pues fue propuesta en 1670 por José Pellicer de Ossau Salas y Tovar, y retomada en 1919 por los también españoles Francisco Fernández y González y Juan Fernández Amador y de los Ríos.
La hipótesis ha vuelto a cobrar plena vigencia a raíz de que en 2004, en una fotografía tomada desde un satélite, se apreciase en la zona lo que parecen ser unas estructuras circulares y rectangulares, y una línea recta que encajan perfectamente con la descripción platónica de una ciudad organizada en tres anillos concéntricos con grandes templos y con un canal recto de entrada y salida al mar.

A lo que hay que sumar su localización, justo enfrente de los pilares de Heracles, y que a través de diversos estudios del área se ha averiguado que la zona fue inundada por un tsunami en algún momento entre 800 y el 500 a. C. Sin desdeñar asimismo que dicha región se postula como posible ubicación de la enigmática civilización tartésica, que podría haber sido fuente de inspiración para la descrita por Platón en sus diálogos. Así pues, la Atlántida podría haber sido una isla situada en lo que antes era una bahía abierta y que fue sepultada por un tsunami consecuencia de un terremoto, lo que la dejaría sumergida o enterrada bajo el fango.

Mientras, los críticos con esta hipótesis señalan que las supuestas estructuras que se aprecian en la imagen son solamente una ilusión óptica originada por las sombras y los restos de paleocanales naturales de ríos y viejas corrientes; y que tampoco se ha encontrado ningún vestigio arqueológico en la zona que respalde esta teoría.

Otra posibilidad que se ha reivindicado en los últimos años es la que ubica la Atlántida en el mar Negro, hundida frente a la costa norte de Turquía. Los defensores de esta localización señalan que los pilares de Heracles referidos por Platón se corresponden al estrecho del Bósforo. Y apoyan su tesis en el hecho de que, en dos campañas de arqueología oceánica realizados en 1999 y 2000 por el mediático oceanógrafo Robert Ballard (el mismo que descubrió los restos del Titanic), se descubriesen, merced a la utilización de submarinos operados por control remoto, restos de una antigua edificación de madera, además de útiles de piedra y restos de cerámica sumergidos a una profundidad de 75 metros frente a la mencionada costa otomana.

A lo que se suma que, originalmente, el mar Negro era un lago de agua dulce que hace unos 7.500 años, tal y como evidencia la datación por radiocarbono de muestras de conchas y sedimentos recolectadas en la zona, fue inundado por el mar Mediterráneo a través del estrecho del Bósforo, como consecuencia de miles de años de deshielo tras la última glaciación que progresivamente hicieron crecer el nivel del susodicho mar hasta que resultó incontenible. De hecho, los restos encontrados suponen la primera evidencia concreta de ocupación del mar Negro antes de su inundación.

Expedición secreta a la Atlántida

Expedición secreta a la Atlántida

Una de las mayores obsesiones de algunos líderes nazis, principalmente de Heinrich Himmler, fue hallar pruebas de la existencia de un continente o una isla perdida que corroborara la delirante teoría de que la raza aria tenía un origen divino que la convertía en superior al resto de los mortales. 

1 de julio de 1935. Cinco eruditos alemanes se reúnen con Heinrich Himmler en un espacioso despacho del cuartel general de la Orden Negra, en la Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín. Aquellos cinco estudiosos representaban a Walter Darré, dirigente de la Oficina de Raza y Reasentamiento (RuSHA) y entonces Ministro de Alimentación y Agricultura del Reich, cuyas ideas paganistas tenían en el líder de las SSa un auténtico devoto.

Darré compartía su entusiasmo en la creación de dicho centro (precisamente su importante cargo al frente del Ministerio de Agricultura haría que pudiese desviar importantes fondos para sus proyectos) y a la siniestra y hasta relativamente poco tiempo secreta reunión, había sido invitado otro extraño personaje: Herman Wirth, uno de los prehistoriadores más célebres de toda Alemania cuyas heterodoxas teorías comulgaban a la perfección con las ideas extravagantes de Himmler.El Reichsführer ya había levantado en Wewelsburg, en Westfalia, el centro espiritual y místico de su Orden, pero ahora pretendía crear un instituto de investigación que recuperase, como digo, las huellas del pasado “glorioso” de Alemania, recordando con nostalgia sus años de infancia en compañía de su padre, Gebhard Himmler, buscando monedas y objetos antiguos en yacimientos arqueológicos de la vieja Baviera.

Tras varias horas de intenso y apasionado debate, aquellos hombres decidieron fundar la Ahnenerbe; Wirth sería su presidente y el Reichsführer asumiría el cargo de superintendente y el control del Consejo de Administración. Su objetivo aparente: “fomentar la ciencia de la antigua historia intelectual”. Su verdadero objetivo: la creación de mitos que apoyasen los postulados del nacionalsocialismo y finalmente el exterminio en pos del fortalecimiento y expansión de la “nación aria”.

Himmler convirtió al instituto en parte integrante de la Orden Negra y a finales del otoño de 1935 la Ahnenerbe ya poseía su propia sede en una lujosa villa sita en uno de los barrios más ricos de Berlín, y sus oficinas en una de las calles más antiguas de la parte histórica de la ciudad, la Brüderstrasse (ocupaba los números 29 y 30), calle que se remontaba al siglo XIII. Pronto el instituto tendría sus propias bibliotecas, talleres y museos –algunos, como verá más adelante el lector, grotescos- y Himmler lo dotaría de amplios fondos para la investigación en el extranjero. El discreto líder SS, siempre a la sombra del Führer, llevaba tiempo queriendo hacerse notar y amén que lo estaba consiguiendo.

Emblema de la Ahnenerbe creada por Himmler.

Sabemos que éste, junto a otros nazis como Darré o Rosenberg, llevaba tiempo buscando un sistema de creencias que ocupara el lugar del cristianismo y el protestantismo en el Tercer Reich. Para potenciar una nueva religión de tintes paganos, los investigadores de la Ahnenerbe debían descubrir todos los vestigios que pudieran sobre las tribus germánicas y sus antepasados arios (descubrirlos o inventarlos, que de ambas cosas hubo). Las tribus de Germania apenas habían dejado constancia en soporte escrito de sus ancestrales creencias y prácticas sagradas y ya vimos que la obra de Tácito sobre este pueblo dejaba mucho que desear, siendo escrita sin un contacto directo con aquellos “bárbaros”. Ni qué decir tiene que los “descubrimientos” de personajes como Linz, Liebenfels o Sebottendorff, de los que Himmler era sin duda admirador, influyeron poderosamente en los miembros de la Ahnenerbe. La principal labor del instituto –al menos antes del estallido de la guerra-, sería “encontrar nuevas fuentes de información”.

La Atlántida y el mito del ladrillo

La Atlántida y el mito del ladrillo

co importa el origen. Lo interesante es el debate que sigue en Jaén sobre ciencia y no ciencia, leyendas y oportunidades económicas, verdad y posverdad, populismo y demagogia. La filosofía, y con ella el pensamiento occidental, el espíritu crítico y la democracia (en definitiva, lo que hoy somos) nació en Grecia porque allí por primera vez se pasó de explicar el mundo con relatos fabulosos y cuentos hermosos a intentar hacerlo sólo con la razón. Lo que se conoce como el paso del mito al logos.

Al principio fue de forma un tanto simplista. Tales de Mileto, por ejemplo, decía que todo estaba hecho de agua; Anaxímenes, que el principio de todo era el aire, y los pitagóricos, que todo estaba dominado por las matemáticas. En el fondo no les faltaba razón. Somos un 80% agua, sin respiración no hay vida y la materia y sus relaciones se pueden explicar en su totalidad con los números.

El documental de marras del National Geographic sobre la Atlántida y su posible ubicación en Jaén ha generado un atractivo e intenso debate nada despreciable sobre la utilidad de los mitos. Incluso hay quien llega a cuestionar la ciencia por dogmática y ortodoxa, cuando si algo define al método científico, que nació de la filosofía, es su esencia antidogmática: elaboración de hipótesis a partir de la observación, diseño de pruebas para contrastarlas, experimentación, falsación (Popper), publicación de los resultados para que la comunidad científica las conozcan y ponga a prueba, etcétera. Y así se llega a la verdad, la diga Agamenón o su porquero, en Jaén o en Sebastopol.

Desde sectores empresariales del turismo y demás alegan que Jaén no está para perder más trenes, en este caso el AVE de la Atlántida, sea verdad o no. Y algunos incluso arremeten contra los arqueólogos. Eso es tanto como pedirles que dejen de serlo, que vuelvan a los mitos y ¡viajeros al tren! Como esos ‘guías’ turísticos que a veces nos encontramos y que nos llenan la cabeza de falsas historia y de cabreo, porque nos tratan como gilipollas integrales.

¿Y de todo esto, es posible alguna lectura en positivo? Pues creo que sí. Por ejemplo, es una oportunidad para difundir el enorme valor histórico, científico, de Marroquíes Bajos, el mayor asentamiento conocido en Europa del Calcolítico. O para que la Junta ponga de una vez en valor los restos arqueológicos de sus tres parcelas. O para que el Ayuntamiento haga lo propio, ahora sí, como ha dicho que quiere hacer. O para que el sector turístico explote si quiere la leyenda, sin llamar a engaño a nadie.

Los arqueólogos fueron los únicos que alertaron de la oportunidad perdida, pero hicieron su trabajo de excavación y documentación y ahí está. El resto de la sociedad, periodistas incluidos, no hicimos caso o no supimos transmitir su importancia. Marroquíes Bajos tuvo la mala suerte de pillarle el ‘boom’ inmobiliario y, como todos de alguna manera nos beneficiábamos de él aunque sabíamos que los precios eran disparatados y artificiales, terminamos por creernos la leyenda del ladrillo de oro. La sociedad jienense, igual que otras, miró para otro lado mientras hundía su atlántida real y ha tenido que venir el director de ‘Titanic’ para que algunos la rescataran. Algo es algo.

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