La Atlántida

Descubre todo sobre la isla más mítica​ de nuestra historia

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Origen de la Atlántida

Existe sólo un documento antiguo que mencione a la Atlántida, y que sirve de fuente para todo lo que ha venido después. Se trata de un libro, un trabajo de ficción, escrito por el filósofo Platón alrededor del año 360 a. de  C. En Timaeus, una de las muchas parábolas de Plato escritas en forma de diálogo socrático, hay tres  hombres hablando con el sabio, Timaeus,  Critias y Hermócrates. Sócrates les describe lo que él considera el estado ideal, y quiere que el resto le cuenten historias basadas en las relaciones de Atenas con otros estados.

Es Critias quien menciona el nombre de la Atlántida. Su abuelo, según el texto, había conocido a Solón, el gran estadista ateniense y uno de los Siete Sabios. Solón había estado en Egipto, y ahí había escuchado la leyenda de la Atlántida. Un sacerdote egipcio, le contó que 9,000 años antes, una gran civilización que venía de una isla más allá de las Columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar), había conquistado buena parte de África, hasta Egipto, y de Europa, hasta Tirrenia, en el centro de la  actual Italia.

El sacerdote egipcio añadió que los atenienses presentaron batalla a esta civilización, y que lograron vencerlos. Poco después, terremotos destruyeron la Atlántida, que terminó por hundirse en las profundidades.

Básicamente, esta es la única evidencia, si se le puede llamar así, de la existencia de la misteriosa Atlántida. Un trabajo de ficción que, es verdad, entremezcla algunos hechos conocidos, como que existieron Sócrates y Solón. Pero no hay evidencia de que Sonchis de Sais fuese un personaje real, y mucho menos de la existencia de la Atlántida. Todas las referencias posteriores al mito de la Atlántida, están basadas en el libro de Platón.

Las teorías conspiratorias no tardaron en llegar. Medio siglo después de la publicación del Timeus, el filósofo Crantor supuestamente viajó a Egipto para confirmar la leyenda de la Atlántida era real, como él creía. Supuestamente también, escribió un trabajo en el que dice que habló con sacerdotes egipcios y que vio jeroglíficos contando la historia de la Atlántida. El problema es que no existe ninguna copia de ese libro, y sólo se conocen menciones a dicho documento, hechas ocho siglos después.

Varias historias similares aparecen en otras culturas de la antigüedad, sí. No obstante, estas no concuerdan ni en el tiempo ni en el espacio con la leyenda de la Atlántida. Platón sitúa a la mitológica isla cercana al Estrecho de Gibraltar, lo que no ha impedido que sus defensores la sitúen en diversos puntos del Mediterráneo, el Atlántico y hasta el Pacífico.

La Atlántida y el mito del ladrillo

No importa el origen. Lo interesante es el debate que sigue en Jaén sobre ciencia y no ciencia, leyendas y oportunidades económicas, verdad y posverdad, populismo y demagogia. La filosofía, y con ella el pensamiento occidental, el espíritu crítico y la democracia (en definitiva, lo que hoy somos) nació en Grecia porque allí por primera vez se pasó de explicar el mundo con relatos fabulosos y cuentos hermosos a intentar hacerlo sólo con la razón. Lo que se conoce como el paso del mito al logos.

Al principio fue de forma un tanto simplista. Tales de Mileto, por ejemplo, decía que todo estaba hecho de agua; Anaxímenes, que el principio de todo era el aire, y los pitagóricos, que todo estaba dominado por las matemáticas. En el fondo no les faltaba razón. Somos un 80% agua, sin respiración no hay vida y la materia y sus relaciones se pueden explicar en su totalidad con los números.

El documental de marras del National Geographic sobre la Atlántida y su posible ubicación en Jaén ha generado un atractivo e intenso debate nada despreciable sobre la utilidad de los mitos. Incluso hay quien llega a cuestionar la ciencia por dogmática y ortodoxa, cuando si algo define al método científico, que nació de la filosofía, es su esencia antidogmática: elaboración de hipótesis a partir de la observación, diseño de pruebas para contrastarlas, experimentación, falsación (Popper), publicación de los resultados para que la comunidad científica las conozcan y ponga a prueba, etcétera. Y así se llega a la verdad, la diga Agamenón o su porquero, en Jaén o en Sebastopol.

Desde sectores empresariales del turismo y demás alegan que Jaén no está para perder más trenes, en este caso el AVE de la Atlántida, sea verdad o no. Y algunos incluso arremeten contra los arqueólogos. Eso es tanto como pedirles que dejen de serlo, que vuelvan a los mitos y ¡viajeros al tren! Como esos ‘guías’ turísticos que a veces nos encontramos y que nos llenan la cabeza de falsas historia y de cabreo, porque nos tratan como gilipollas integrales.

¿Y de todo esto, es posible alguna lectura en positivo? Pues creo que sí. Por ejemplo, es una oportunidad para difundir el enorme valor histórico, científico, de Marroquíes Bajos, el mayor asentamiento conocido en Europa del Calcolítico. O para que la Junta ponga de una vez en valor los restos arqueológicos de sus tres parcelas. O para que el Ayuntamiento haga lo propio, ahora sí, como ha dicho que quiere hacer. O para que el sector turístico explote si quiere la leyenda, sin llamar a engaño a nadie.

Los arqueólogos fueron los únicos que alertaron de la oportunidad perdida, pero hicieron su trabajo de excavación y documentación y ahí está. El resto de la sociedad, periodistas incluidos, no hicimos caso o no supimos transmitir su importancia. Marroquíes Bajos tuvo la mala suerte de pillarle el ‘boom’ inmobiliario y, como todos de alguna manera nos beneficiábamos de él aunque sabíamos que los precios eran disparatados y artificiales, terminamos por creernos la leyenda del ladrillo de oro.

La sociedad jienense, igual que otras, miró para otro lado mientras hundía su atlántida real y ha tenido que venir el director de ‘Titanic’ para que algunos la rescataran. Algo es algo.

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